A LA VORA DEL SANT CRIST

Todavía recuerdo la Misa hispano-mozárabe de Santa Eulalia. Hay un momento significativo, cuando el sacerdote parte el pan y en forma de cruz va colocando las distintas partículas –9 en total– sobre la patena. Y va diciendo los principales misterios de la vida del Señor: encarnación-nacimiento-circuncisión-aparición-pasión-muerte-resurrección-gloria-reino. Cristo pasó por todos estos momentos, muchos de ellos marcadamente sacrificiales. El Pueblo cristiano tiene presente el dolor de su Señor. De ahí la devoción particular a la imagen del Santo Cristo, que en tantas ocasiones contemplamos. Santa Teresa de Jesús sentía una atracción especial por un Cristo flagelado. ¿Qué se contempla? El Señor débil, vulnerado, herido. Todo el mal del mundo arreciaba injustamente contra el Inocente.

¡Cómo nos identificamos con Él! Ya no sólo mirando nuestra propia vida, sino también la de tantos hermanos nuestros que sufren -el desecho de una humanidad vulnerada, decía el Papa Francisco-. Cuando paso por el rincón del Santo Cristo –en mis idas y venidas del confesionario-, siento algo especial en aquellos bancos. Veo la gente reposando –supongo con su pena-; junto a Él -en comunión-; contemplando la grandeza de su Dolor; rendidos en su Presencia; pidiéndole paz y fortaleza. Vibra algo muy humano y sobrenatural allá cerca del Cristo doliente y amante.

Mn. Ignasi Fuster