NECESITAMOS HOMBRES Y MUJERES DE BUENA VOLUNTAD

Salimos de celebrar el Misterio entrañable de la Encarnación, en estos días de la Navidad que tanto bien hacen al mundo entero. ¿Hay luz para el mundo? ¿Hay futuro para la historia? ¿Hay esperanza para la humanidad? Cada Navidad en el cielo de las estrellas y en la tierra de las conciencias resuena suavemente la buena noticia de un Jesús que ha venido -visitado- al mundo para infundir los aires nuevos de la Salvación. Jesús revela que hay una bondad escondida en el corazón del Hombre, a pesar de tantos males perpetrados por los hombres, especialmente sobre los inocentes. Jesús, a su vez, abre un camino en medio del mundo que nos ha de conducir al Reino de los Cielos. De alguna manera la ruina del mundo -marcado por el sufrimiento de los inocentes- espera gozosamente lo que la Biblia ha denominado la ‘Jerusalén celestial’, es decir un mundo bello donde reinará el gozo y el amor.

El cristiano es el ser humano que se ha abierto -ha recibido- el Misterio de la Encarnación como verdad. En el fondo de la apertura del ser humano a la fe hay una convicción íntima de la bondad de las cosas creadas, así como de la necesidad de un perdón a las ofensas en las que todos incurrimos debido a nuestra debilidad congénita. Tras el acto de fe hay una profunda sinceridad humana. Por una parte, se reconoce el bien que somos, y al unísono se reconoce el mal que hacemos. Es aquel punto de caramelo que nos abre a reconocer la belleza del Misterio, y en concreto, el Misterio de la Encarnación. Sin embargo, cuando los hombres renuncian y desisten del bien, porque prefieren vivir instalados en un mal que parece que les reporta un beneficio, entonces se produce una incapacidad para reconocer el Misterio de la Salvación. Cuando uno prefiere vivir en la oscuridad, resulta que se esconde de la luz, porque la luz descubriría su propia falsedad, y no todos están dispuestos a reconocer la verdad de la propia culpa. 

Volvamos a escuchar por unos instantes el cántico unánime de los Ángeles ante los pastorcitos de Belén. Son palabras que se refieren a un Acontecimiento magno sucedido en el mundo -no son teorías, ni elucubraciones, ni largos discursos-. Son palabras sencillas que anuncian la presencia de Alguien que ha de traer la Salvación a la humanidad. Porque la verdadera verdad no es la verdad del mundo, o la verdad de los secretos del cosmos, o la verdad de las leyes del universo, sino la verdad del ser humano. Y esta verdad resplandece en la Persona del Niño de Belén que se nos ha dado: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad». Es una buena noticia que llena de alegría las estrellas del cielo y los corazones de la tierra. Y en concreto, hablan de los únicos que pueden entenderlo: los pastores, los sencillos, los hombres y mujeres de buena voluntad. Es decir, los que creen que se puede hacer algo bueno en la vida, y los que saben de las caídas que experimentamos en el mal. 

Mn. Ignasi, vuestro párroco