ADMIRACIÓN O ESTUPOR

Si en estos días, al caer la jornada de luz, os asomáis para ver el cielo podréis contemplar la belleza de la luna llena que anuncia la celebración de la próxima Pascua. Es la luna que contempló el Señor alzada entre los árboles del Huerto de Getsemaní. La luna clara y transparente que quizás, en aquellos momentos de amargura, le recordó la belleza de su Padre del Cielo. Son los días cristianos más bellos del año. Es el Señor quien hace bellos estos días. La liturgia, con su belleza celebrativa, tan solo atisba en parte la gran Belleza que es Cristo, el Señor. Precisamente en estos días de la Semana Santa nos disponemos a contemplar –ya no superficialmente sino en profundidad- el bello Misterio de Jesús, que pasó por este mundo haciendo el Bien. Son días especialmente aptos para contemplar con los ojos del corazón todo lo que el Señor ha hecho por su amada humanidad.

El Santo Padre, en la homilía del Domingo de Ramos, recordaba la distinción entre la admiración y el estupor. Al Papa le llamaba la atención la gran desbandada del Viernes Santo, en contraste con la multitud tan grande que se agolpaba el domingo en que Jesús entró en la ciudad de Jerusalén. Y se pregunta: ¿qué pasó? ¿Por qué Jesús quedó tan solo? ¿Dónde se escondió aquella multitud? Quizás habían admirado a Jesús por su doctrina, sus milagros, su bondad. Quizás habían presenciado alguno de sus portentosos milagros. Quizás habían escuchado alguna de sus profundas palabras. ¡Y le llegaron a admirar! La admiración no es mala; todo lo contrario: nos acerca al Misterio. Pero llegar a entrar en el Misterio es algo más profundo. Y la llave que nos abre las puertas del Misterio es la capacidad del estupor.

Pero, ¿Qué es el estupor? El estupor abre el corazón y se deja maravillar por el Misterio, con el que se vive una relación de humildad y veneración. Quien tiene estupor deja caer los muros de la soberbia, el prejuicio y la altivez. Entonces, se hace capaz de entrar en el Misterio con los ojos abiertos y el corazón herido. Y caídos todos los muros, el corazón se transforma porque los rayos del Misterio lo alcanzan y transfiguran. Entonces la fe toma raíces, la existencia se reverdece y una hermosa caridad se derrama a través de quien ha elegido hacerse discípulo del Señor. Se vive, entonces, una primavera del alma. Y uno, llevado de la mano del Maestro, redescubre una vida hermosa, adornada por el gozo de las cosas, la gratitud ante todo lo que acontece y la confianza en el Amor de Dios –aunque nuestras carnes sientan el desgarro del dolor-. 

Entremos, pues, en la Semana Santa, imbuidos del estupor.

Mn. Ignasi, el vostre rector