LA ACOGIDA DE LA ENCÍCLICA “FRATELLI TUTTI”

Son palabras de San Francisco: “todos somos hermanos”. A lo largo de su encíclica el Papa toca la fraternidad universal y la amistad social. El Papa jesuita, al estilo de San Ignacio, presenta una encíclica con un aire utópico. Se hace necesario cambiar de mentalidad -en el fondo es la mentalidad evangélica- para poder soñar un mundo diferente. Y he ahí la intuición del joven Francisco, el pobre de Asís: llegar a reconocer al otro como un hermano. Incluso al que piensa diferente, a quien quisieras convencer de su error, o conducir hasta la fe en Cristo, ante él deberías arrodillarte para venerar al hermano. Sí, el otro hombre, la otra mujer es mi hermano, de la misma sangre “divina”, de la misma pasta creada. Si la corriente de la fraternidad universal atravesase los valles, las ciudades, los ríos y los océanos… El padre san Francisco se sentía sencillamente así: ¡hermano de todos los hombres, hermano de todas las criaturas y hermano de Cristo!

La encíclica no es una meditación sobre la fe cristiana, sino una llamada a que la fe ilumine el planeta. La fe debe llevar a vivir una humanidad digna del ser humano. Por esto, la encíclica habla del hombre y de la humanidad que estamos llamados a construir, y lo hace en el nombre de la fe en nuestro Señor Jesucristo. En más de una ocasión alerta al cristiano creyente, tentado de vivir indiferente y apático ante los problemas de los hombres. El hombre y la mujer de fe están llamados a tener una mirada especialmente compasiva y sensible con el hombre herido al borde de los caminos del tiempo de hoy -tantas personas oprimidas, heridas y olvidadas-. ¡Qué preciosa es la meditación que hace el Papa sobre el buen samaritano de la parábola! ¿No es el tiempo de la “humanidad”? ¿Qué sería de un cristiano que no trata humanamente a sus hermanos? ¿No nos comportamos en ocasiones los creyentes sin humanidad?

Sin embargo, el hermano se presenta ante nosotros como el diferente, el contrario, el competidor, el enemigo, el invasor… Es la experiencia humana de todos los tiempos. Y en muchas ocasiones el hermano nos molesta, e incluso nos irrita. El Papa comenta que en realidad nadie es inmigrante en ningún país. Porque todos los países pertenecen al ser humano, sea de la raza y de la procedencia que sea. Ciertamente existe el derecho a no emigrar, pero dadas las circunstancias injustas de hoy, las naciones deben aprender a llorar por el inmigrante. Así el Papa recuerda que el destino universal y la función social de los bienes es un principio que antecede todas las formas legítimas de propiedad privada. Que todos gocen de una vida básicamente digna es prioritario al goce individual de nuestras propiedades individuales. Sí, somos propietarios, pero Dios regala el mundo a todos los hombres por igual. Y así, teniendo nuestros bienes, debemos luchar para que todos vivan dignamente, de acuerdo a su dignidad única e inalienable. De las sombras de un mundo cerrado a la luz de un mundo abierto. Sí, todos podemos contribuir, desde el vecino hasta el político, a gestar un mundo abierto a todos. Y la verdad más potente y profunda que puede inspirarnos es aprender a ver en el otro un hermano que ayuda a enriquecer mi humanidad con su aporte propio.

Os animo a la lectura de esta encíclica.

                                                                                              Mn. Ignasi

Vuestro párroco