El encuentro de dos embarazadas

Hay una escena del evangelio donde los protagonistas son las madres y los bebés. Ocurre prácticamente al inicio del relato del evangelio, inmediatamente después del gran momento de la concepción y encarnación del Hijo de Dios. Un mujer joven y embarazada emprende un largo camino al encuentro de su prima Isabel. Isabel, en cambio, era una mujer anciana también embarazada por designio divino. El evangelio narra el encuentro entre la joven y la anciana, entre las dos embarazadas, entre las primas de generaciones diversas: una alianza entre generaciones, una alianza entre madres, una alianza entre bebés. Al escuchar el evangelio se siente la alegría del amor, la alegría de la maternidad y la alegría de las nuevas vidas concebidas. De hecho, Isabel sintió a su hijo saltando de gozo en su vientre ante la presencia de María.

María embarazada simboliza la Iglesia, que es como una Madre que engendra a Jesús en los corazones, en el mundo, en el curso de la historia. De hecho, en cada celebración de la Misa, la Iglesia actúa a través del sacerdote, y vuelve ‘a engendrar’ a través del sacramento al Señor y Salvador. Por otra parte, Isabel simboliza la Iglesia como Pueblo de Dios, un Pueblo que va engendrando nuevas vidas para la eternidad. Un Pueblo sencillo que se alegra espiritualmente ante la Presencia de Dios, ante la existencia de los sacramentos que nos dan vida, ante la presencia de Jesús que siempre está con nosotros hasta el fin del mundo, cuando el Pueblo sea glorificado para siempre. La Iglesia es un Pueblo alegre que peregrina alegrándose de los resplandores de vida hasta la Gloria definitiva, la Vida en plenitud.

La Iglesia también es una Madre protectora de la vida concebida en sus entrañas. En estos días se ha reabierto el debate -la herida- sobre el aborto, ampliando una ley tan injusta que no deja de golpear fuertemente en el corazón. Es verdad que la Iglesia es de los pocos que defienden la vida del no nacido y reclama su derecho a la vida, al desarrollo, a la maduración de sus talentos: -Dejen que sea una existencia madura como lo eres tú y lo soy yo. El concebido tiene el mismo derecho a la alegría que tenemos nosotros al vivir. Se invocan derechos, como el denominado al propio cuerpo o a la salud sexual y reproductiva, pero el embrión no es el cuerpo de la madre sino el fruto de dos cuerpos: el del padre y el de la madre. Y nadie se lo puede apropiar como si fuese suyo o parte de sí con derecho a eliminarlo. Sí, la vida es de Dios. La Iglesia continúa, en medio de las tragedias de la vida, recibiendo con amor la vida incipiente de los todavía no nacidos. 

Mn. Ignasi , vuestro rector